HISTORIA


La cultura del Bronce y la del Hierro han dejado sus huellas en algunos elementos, como restos de cerámicas, aunque no hay ningún escrito que date la fortaleza de esta época.

Ello nos da seguridad de que esta atalaya rocosa la poseyeron los celtíberos.

También es seguro que los romanos se sirvieron de este punto fuerte sobre la paramera Castellana.

De forma similar, y siempre por vestigios mínimos, inteligentemente interpretados por su excavador y propietario, podemos afirmar que los visigodos y los árabes ocuparon esta fortaleza.

Los Árabes fueron quienes elevaron parte de lo que sería luego un castillo auténtico  que hoy se pueden apreciar en el mismo.

Y aquí sin duda residieron los moros con sus reyes sufragáneos del monarca taifa de Toledo en los últimos años de su dominio del territorio.

Una vez conquistada la zona por las huestes cristianas alrededor del 1129, Zafra quedó primeramente en poder del rey de Aragón, quien puso a la fortaleza entre los términos del recién creado Común de Villa y Tierra de Daroca, llegando a ser considerado el castillo como el más seguro y fuerte del Señorío de Molina hasta el siglo XIII.

Pero el señor de Molina, el conde don Manrique de Lara, en pleno proceso de consolidación de su territorio, reclamó a Ramón Berenguer la fortaleza, que este le entregó sin problemas.

Así, en la descripción del territorio de Molina que se hace en el Fuero de Molina promulgado por su señor en 1154, aparece el castillo de Zafra nombrado como el más importante y querido de todo el Señorío, después de la fortaleza de la capital.

El Castillo de Zafra aparece citado en el primer Fuero de Molina, otorgado por Don Manrique de Lara, el origen de fortaleza se supone árabe.

Durante los tiempos del rey Fernando III el Santo, el tercer señor de Molina, Gonzalo Pérez de Lara, rebelado contra el monarca, se refugió en él. Dada la inexpugnabilidad del castillo, Así estuvieron cuarenta días, sin mayores avances, por lo que sitiados y sitiadores se avinieron a negociar y hubieron de pactar la Concordia de Zafra, por la cual la actual Molina de Aragón pasaría a formar parte de la corona de Castilla a la muerte de Don Gonzalo, perdiendo su condición de independiente.

Mediante ella se establecía que el heredero del Señorío, el primogénito de don Gonzalo, quedaba desheredado (y así le llamaría luego la historia a Pedro Gonzalez de Lara), siendo proclamada heredera la hija del molinés, doña Mafalda, quien se casaría con el hermano del rey, el infante don Alonso, y de este modo la intervención de la corona de Castilla se hacía un tanto más efectiva sobre los asuntos del rebelde señorío de Molina.

La unión entre las coronas de Castilla y Aragón acabó con las tensiones fronterizas, y por ello el castillo de Zafra  perdió importancia estratégica. A partir de entonces fue regentado por alcaides que ni tan siquiera vivían en él, aunque no por ello dejaron de ocuparse de cobrar sus rentas.

Un enigma para los historiadores es el espacio delimitado por las murallas de la fortaleza, que apenas deja sitio para depósitos de armas o almacenes de víveres. Se baraja la hipótesis de que existieron grandes cuevas excavadas en la roca sobre la que se asienta.

Con el paso de los siglos, muralla y torreones se vinieron abajo, y desapareció todo el recinto exterior donde llegó a haber cobertizos para un ejército con 500 caballos.

En las guerras civiles del siglo XV, la fortaleza de Zafra siguió teniendo una importancia suma en la estrategia del control de aquellos territorios cercanos a Molina, siempre importantes por ser los caminos naturales de paso entre Castilla y Aragón.

Enrique IV entregó Molina en señorío a su valido Beltran de la Cueva, lo cual provocó nuevamente una guerra de rebeldía de las gentes de la comarca contra el señor impuesto.

Todavía en el siglo XVI se tenía a Zafra como un castillo de los más fuertes del reino. Si no de los grandes, al menos contaba entre los más fuertes, y asombraba a todos por lo difícil de su acceso, lo ingenioso de su entrada,y la capacidad para albergar determinada cantidad de soldados (se habla de 500 en total).

Poco a poco fueron cayendo sus piedras, desmoronándose sus murallas, desmochándose sus torreones, y borrándose los límites de sus cercas exteriores. Ya en el siglo XVI estaba en estado de ruina llamativa.

Hoy ha renacido parcialmente, recobrando su antigua grandiosidad, gracias al ejemplar esfuerzo que su actual dueño, don Antonio Sanz Polo, quien lo compró al Estado en subasta pública en Guadalajara y lo restauró parcialmente.




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